Aguinaldo 2018

El punto de partida de nuestra reflexión ha de ser la lectura meditada del pasaje que conocemos como el encuentro de Jesús con la Samaritana (Juan 4,3-42), que desde este momento será el ícono al cual referirnos para comprender cómo el Señor se relaciona con ella y qué produce en la vida de esta mujer su encuentro con Él.

“Llega una mujer de Samaria a sacar agua. Jesús le dice: 
-Dame de beber. 
(Los discípulos habían ido a la aldea a comprar comida).

Le responde la Samaritana: 
– Tú que eres judío, ¿cómo pides de beber a una mujer Samaritana? (Juan 4, 7-9)

Jesús se encuentra en una situación de desamparo y vulnerabilidad frente a una necesidad concreta. Ante la mujer Samaritana, él es forastero, tiene sed, no tiene cántaro y el agua del pozo profundo no le es accesible. 
Por otra parte, ella, tal como se deduce de toda la narración, es una persona marcada por una, cuanto menos, dudosa fama, con una situación de vida “irregular”.

Y de esta situación emana algo muy interesante para nosotros: un lugar profano y de “intemperie”, un pozo en medio del campo, y un encuentro que se mostrará como lugar de encuentro con Dios. 
Jesús, verdadero protagonista y conductor del encuentro, de la escucha y del diálogo inicial, “diseña” la estrategia de dicho encuentro, comenzando por la escucha de la otra persona y la situación que intuye.

Una ESCUCHA que hoy en día para nosotros tiene mucho de arte. “Necesitamos ejercitarnos en el arte de escuchar, que es más que oír”. 
Escuchar, en definitiva, será ese arte que requiere atención solícita hacia la persona, en sus luchas y fragilidades, en sus gozos, sufrimientos y búsquedas, puesto que no solamente escuchamos algo, sino a alguien.

Esta escucha ha de llevarnos a comprender bien qué necesitan los jóvenes de hoy, y a veces sus padres, o las personas con quienes nos relacionamos en un ambiente pastoral. Los jóvenes se acercan no tanto porque busquen un acompañamiento, sino más bien movidos por la necesidad cuando tienen dudas, líos, aprietos y dificultades, conflictos, tensiones, decisiones que tomar, problemas concretos que afrontar. 
Y suele ser más común que se acerquen si es uno mismo quien hace algún gesto de acercamiento, de interés por ellos, si se sale al encuentro, si uno se muestra accesible.

“Jesús le contestó:
– Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, tú le pedirías a él, y te daría agua viva.
Le dice la mujer:
– Señor, no tienes cubo y el pozo es profundo, ¿de dónde sacarás agua viva? (…) 
Le contestó Jesús:
– El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; quien beba del agua que yo le daré no tendrá sed jamás (…)
Le dice la mujer:
– Señor, dame de esa agua para que no tenga sed. (Juan 4, 10-16)

Jesús, como maestro de sabiduría y hábil conversador, emplea todos los recursos de la palabra, las conversaciones y los gestos para encontrarse con la persona.

Pregunta, dialoga, argumenta, narra, valora el posicionamiento de su interlocutor, sugiere, afirma, provoca reacciones.
El diálogo ayuda a deshacer equívocos, a descubrirse en autenticidad, y las respuestas enigmáticas y provocadoras van acercando a la mujer que confía, se siente sorprendida y desea aquello que pueda mejorar su vida.
Jesús, en vez de acusar, dialoga y propone.

Su lenguaje, sus palabras, van dirigidas al corazón de aquellos a quienes habla.

Estas actitudes del Señor nos permiten descubrir lo importante que es el don del discernimiento. Y en todo camino de discernimiento, como propone el Papa Francisco en la carta que prepara el Sínodo, se debe hacer reconociendo, interpretando y eligiendo.

 

RECONOCER, a la luz de lo que inspira el Espíritu

Para tener más claridad en los momentos de los altos y bajos, en los momentos , a veces, de verdadera lucha interior.
Para hacer emerger toda la riqueza emotiva que hay en la persona, y poner nombre a lo que se siente o encuentra en uno mismo.
Poniendo en el centro la capacidad de escucha y la misma afectividad de la persona, sin tener miedo incluso al silencio.

 

INTERPRETAR

Es decir, comprender a qué está llamando el Espíritu de Dios a través de lo que suscita en cada uno.

Y por lo delicado que es interpretar e interpretarse, requiere paciencia, vigilancia y cierto conocimiento.

Será necesario confrontarse con la realidad. Naturalmente esta tarea de interpretación no podrá desarrollarse en un creyente, un cristiano:

  • Sin un verdadero diálogo con el Señor (como el de la mujer de Samaria con Jesús).
  • Activando todas las capacidades de la persona (y permitiendo que no sea indiferente lo que acontece, como en la resonancia que tuvo en el corazón de esta mujer el diálogo con Jesús).
  • Dejándose ayudar por una persona experta en la escucha del Espíritu (que en el caso del pasaje evangélico era Jesús mismo quien guiaba).

ELEGIR

Haciendo un ejercicio de auténtica libertad humana y responsabilidad personal. 

La Samaritana tuvo que elegir interiormente entre ignorar a Jesús y seguir con su vida, o dejarse sorprender por Él.

La elección que se hace en el discernimiento a la luz del Espíritu, da muchas veces a la persona, libertad, al mismo tiempo que exige coherencia de vida.

“En esto llegaron los discípulos y se maravillaron de verlo hablar con una mujer. Pero ninguno le preguntó qué buscaba o por qué hablaba con ella. La mujer dejó el cántaro, se fue a la aldea y dijo a los vecinos: 
– Venid a ver un hombre que me ha contado lo que yo he hecho: ¿será el Mesías? 
Ellos salieron de la aldea y acudieron a él (…)

En aquella aldea muchos creyeron en él por lo que había contado la mujer, afirmando que le había contado todo lo que ella había hecho. Los samaritanos acudieron a él y le rogaban que se quedara con ellos. Se quedó allí dos días, y muchos más creyeron por las palabras de él; y a la mujer le decían: 
– Ya no creemos por lo que nos has contado, pues nosotros mismos hemos escuchado y sabemos que este es realmente el salvador del mundo” (Juan 4,27-29; 39-42).

La Samaritana entró en la escena evangélica como “una mujer de Samaria” y sale de ella “conociendo el manantial de agua viva”, hasta el punto que necesita ir a anunciar a los suyos lo que le aconteció y a través de su testimonio consigue que sean muchos quienes se acerquen a Jesús.

El final del encuentro va más allá de lo que sería un comportamiento normal, es decir, que la mujer regresa con el cántaro con agua a su vida normal; por el contrario, el cántaro que deja abandonado y vacío para ir a llamar a su gente habla de una ganancia, no de una pérdida.

Ángel Fernández Artime, sdb 
Rector Mayor