Por: P. Heriberto Herrera, sdb.

Domingo 29 de agosto 2021

 

Esto de la pandemia y sus variantes no da señales de amainar. Tal vez no estemos tan asustados como cuando empezó el descalabro sanitario, pero tampoco estamos cantando victoria. No solo ha sido un asunto de vida o muerte, sino que se ha instalado un desorden tal a nivel mundial que la economía se ha visto afectada seriamente. Añádase el enclaustramiento obligado con todas las crisis que conlleva. O la ruptura de normalidades como el sistema escolar, la movilidad humana, la limitación de nuestras expresiones religiosas o deportivas o simplemente sociales. Vivir con esa espada de Dámocles pendiente sobre nuestras cabezas provoca un estrés dañino.

El caso es que esta es nuestra pandemia. Epidemias de todo tipo las ha habido a lo largo de la historia. Y crueldades masivas en guerras nefastas con millones de víctimas. Más otras epidemias estructurales como la pobreza, la esclavitud, las migraciones forzadas con sus incontables víctimas.

El evangelio nos presenta a Jesús sanando toda clase de enfermedades, físicas y espirituales. Los enfermos lo abrumaban en busca de salud. Él mismo se identifica con la vida. “He venido para que tengan vida, y en abundancia”.  El sufrimiento humano es identificado en la tradición cristiana como consecuencia de una falla moral radical que afecta más o menos a toda la creación. No formaba parte del magnífico proyecto de la creación.

Las curaciones milagrosas hechas por Jesús son signos en primer lugar de la exquisita compasión de Jesús ante el sufrimiento humano. Pero son más aún buena noticia de que el mal, nacido de la irresponsabilidad humana, puede ser vencido por la fuerza del Señor. El mensaje alentador del evangelio es que Cristo es más fuerte que el demonio y que toda clase de mal.

Los males no vienen de Dios, quien es padre amoroso de toda creatura. El mayor don que el Creador otorgó a su creatura es la libertad. Libertad de hijos amados. Pero que los exponía a decidirse por el bien o por el mal. Conocemos el relato bíblico de la desobediencia de nuestros primeros padres y el consiguiente desorden descomunal que se generó.

La verdadera epidemia que  se propaga desde el comienzo de la historia se llama pecado: ese desastre moral que ha corrido a lo largo de los siglos dañando profundamente la convivencia humana.

Lo que podría sonar como una maldición inevitable, para nosotros que creemos en la presencia poderosa de Cristo entre nosotros se abre un horizonte de salvación (salud y salvación equivalen en el lenguaje bíblico). Como seres radicalmente débiles, nos movemos entre dos polos opuestos: el egoísmo y el amor. La verdadera epidemia es el egoísmo, individual o de grupo. El egoísmo endurece el corazón y da la espalda al hermano que sufre, como Caín, asesino de su hermano. Hay formas sutiles de asesinar al débil.

La persona saludable es la que ha desarrollado la capacidad de amar. Amar sin los coloretes del romanticismo. Amar es inclinarse ante quien sufre y echarle una mano para que se ponga de pie, como la suegra de Pedro en el relato evangélico. Según este relato, ella, que estaba postrada en cama por la fiebre, al sanar se levanta dispuesta a servir a Jesús y su comitiva. Todo un símbolo.

Esta es la genuina salud humana: vivir para servir. Hacer el mundo mejor de como lo encontramos, dar vida a manos llenas. Lo cual se traduce en el auténtico gozo de vivir.